El corazón mecánico (Relato)

Antinoo Farnesio Extraido de Wikimedia Commons

Primera parte

El mismo tren que le sacaba de Francia y le devolvía a España tiene un lugar importante en esta historia. Porque a la altura de Canfranc el tren descarriló y aunque no murió nadie ni hubo mucha sangre, Adrián cayó sobre un bulto que le rompió el esternón y le fragmentó las costillas. Cuando llegó el equipo de rescate casi no podía respirar, lo sacaron con prisa del vagón y en el mismo hospital vieron que las esquirlas de hueso se habían clavado en las paredes del corazón dejándolo múltiplemente perforado y no había manera de extraerlas o suturar sin dejar el musculo tan débil como para tener hacer un trasplante. El tiempo seguía avanzando y no tenían otra opción que dejarlo morir...

Segunda parte

Conmocionado el cirujano se acercó a los laboratorios de los alumnos del hospital universitario que estaban desatendidos por el cambio de gobierno y se llevó el corazón artificial que estaban desarrollando. La máquina le daría vida unos días mientras conseguían un órgano de verdad y en toda la incertidumbre el cirujano secretamente se encomendó a las fuerzas supremas y hacia ellas dirigió sus esfuerzos. Y el cuerpo yaciente tan diferente y llamativo, tan joven, de muchacho, con el pelo negro y largo, con la fragilidad que más que por su situación en él parecía inherente: despertó...



Tercera parte

Estaría como dos meses recuperándose y llegó a su habitación el ministro de Fomento y después de hacerle comprender la transcendencia de su caso: el primer caso de Europa donde un corazón artificial habían podido sustituir, según los análisis, en uso prolongado a uno natural, invitarle, a modo de protegido más que de invitado, una temporada en su casa para que pudiera ser autentico testimonio del avance técnico de esa gran España.

Realmente Adrián no deseaba ir con él pero su enfermera le recomendó que fuera complaciente porque el país al que había entrado al salir de Francia no era el que ahora tenía delante, los días de la nación democrática se habían aplazado a un largo mañana que tardaría en ser y ya no volverían a discutir en sus incesantes, algunas veces constructivos, enfrentamientos los partidos del Águila y el Toro Blanco porque este último había recibido en un golpe de estado ágil, y casi conveniente para el ciudadano, su poder del ejército. Se le planteaba la dificultad de establecerse en un país de leyes, pero sin libertades, con justicia, pero sin equidad y todo sin el latir del corazón suyo, de su corazón propio. Con el resultado de un país obsesionado con la técnica y el avance...

Cuarta parte

Adrián llegó a Madrid y la encontró tan triste como siempre, tan consumista, pobre y parásita, aunque en el plano de su doctrina: tremendamente homogénea. El ministro era una persona de gran seriedad que miraba siempre con los ojos empequeñecidos, pero de una rectitud, acorde a su ética, reconocible.
Y estuvo allí unos días en la casa de aquel hombre hablando con gente que debía de ser importante y dejando la vida y las cosas pasar recreándose en la ausencia de sí y de su más profunda intimidad y tratando de justificar su nueva situación...

Quinta parte

Con el ministro vivía su hija que se encontraba más próxima a los treinta que a los veinte y no a voluntad sino por la curiosidad, que es humana, fue fijándose en el muchacho y cuando veía a la criada lavarle las camisetitas blancas o las chaquetas o se cruzaba con él en el pasillo o en el mismo comedor, su atención tendía hacia él y ponía tanto esfuerzo en su persona que no se le escapaban la vueltas de las trenzas que sujetaban el cabello a su sien o la boca que si se le manchaba con la crema o la nata más se le apetecía y aunque contra su auténtico sentimiento, anhelaba dominarlo hasta en su aspecto más íntimo, violentar su persona y hacer de su cuerpo, fino instrumento para su satisfacción...

Sexta parte

Y en esas cavilaciones andaba la muchacha planteándose sin cuestionarse mucho como hacer influenciable al que le era menor y acercándose a una joyería buscó una preciosa esclava de platino con piedrecitas engastadas. Cuando Adrián pasaba por el pasillo Ana le pidió que entrara a su cuarto. A medida que trataba de convencerlo con gestos, lo intimidaba con palabras y lo iba acercando cada vez más a la pared hasta que sentía el chico una presión en el pecho consciente de que lo que brillaba en la caja no era ni siquiera un pago, sino un cebo para convertirlo en una cosa tomada y dependiente siempre hundido en las disposiciones de otro... Pero cuando se sentía más vulnerado, más atacado, más... herido, levantó su voz potente con la negativa y en su cara de sorpresa y su mano con sortija vio la sombra de la alienación, el fruto del tormento de una mujer que había repetido un patrón de conducta que había vivido y que se había quemado en su carne y en su interior Adrián pensaba: «¿Qué te han hecho? ¿Qué te han hecho?» ... 

Décima parte

Al irse el menor, miró a Eduardo y le dijo: «las cosas podían no haber sido así» y él se preguntaba tratando se adivinar lo que realmente era un pozo de resentimiento en su Ana. Pero la conversación se interrumpió porque vieron a su gata con un gatito, la gata que habían castrado para que no tuviera crías había recogido una de la calle. Y eso era lo que ella quería expresar que no se puede ejercer el dominio sobre el cuerpo del otro, los que ella apoyaba se realizaban, se fortalecían mediante el dominio y la instrumentalización de los cuerpos ajenos, mediante el miedo y la violencia y la agresión a todo lo diferente y minoritario, a lo que no fuera hegemónico y le pareció tan triste y penoso que no quiso contribuir a las estructuras de ese país que guardaba silencio y parecía mostrar la profunda conformidad con su régimen. Ana pensando en Adrián que acababa de cruzar la puerta, recreándose en su remordimiento, con los ojos reteniendo las húmedas lágrimas se retiró del dedo la sortija y dejó caer su reflejo en la mano de su prometido...

Decimoprimera parte

Adrián se escabulló por las escaleras del servicio y bajando a la calle pudo pasear y dándole vueltas al edificio encontró un templo cubierto por redecillas y andamios. Entró por la poterna acercándose al retablo mayor que estaba medio desmantelado. Miraba curioso como una sociedad relevaba a sus ídolos para sustituirlos por no sé el qué. Ya habían retirado todos los banquitos de madera. Entonces se sentó en el suelo y lo dio por buen sitio. De él empezaron a salir hilos de oro, se enroscaban a su cuerpo y su pecho y pareciendo salir de allí giraban y daban vueltas en su liviandad entorno suyo y la onda se volvía más tibia y más brillante, las velas mecánicas que quedaban esparcidas se inclinaban encendidas hacia él. Los cabos dorados empezaron a apuntar hacia el cielo e iban cargándose de luz fría, entonces de ellos salió una onda cálida que atravesó en su potencia discreta el techo y el cielo y las nubes y las atmosferas y las nebulosas y galaxias y los agujeros. Y atravesadas todas las esferas se conectó al ser universal...

Decimosegunda parte

Sin brillo lo encontraron unos guardias y a rastras se lo llevaron de la iglesia y no valía explicación, ni ninguna cosa se podía decir para que hicieran por tener razón. Se reconocían muy bien los coches porque eran de color gris y la distancia era relativamente corta. Y durante el camino, en el que se le había rasgado una manga, tenía en su mente, conservándola íntima, la plegaria que había hecho.

Y en el poco tiempo que estuvo allí, antes de que amaneciera, le golpearon y le desvistieron dejándole apoyado las paredes sucias y Adrián se arrepentía de aquella melenita porque con ella le agarraban y le obligaba a arrastrarse por el suelo de hormigón...

Decimotercera parte

El ministro le liberó retirando los cargos y le apuntaba con la seriedad de la discrepancia. Adrián desde el sillón de atrás y herido y desnudo y sereno miraba con los ojos llenos de lágrimas y las líneas del agua enrojecidas. No haciendo ni por sujetar la americana que le cubría le pedía que le dejara irse, irse de ese país que no comprendía, entendía ni quería comprender ni comprenderlo y recordaba Alemania y su adolescencia difícil pero transitable en un país que hablaba aún de progreso social y que no había accedido al totalitarismo de la uniformización y la técnica. Pero eso a su anfitrión en su más profundo interior le hería porque tenía consciencia de que el futuro estaba en ellos y en sus manos, en sus revistas y probetas porque su país, con su progreso, con su moral había sido capaz de elucubrar algo imposible ante el resto de naciones europeas. Y Adrián sabía que nada servía un país que fabrica un corazón si quien lo recibe no siente...

Decimocuarta parte

No trató de mantener un perfil bajo, seguía haciéndose las trenzas y a la modista le encargaba ropa más alegre si cabe y empezó a sustituir los rojos y los azules por los verdes y amarillos. Con los cuidados se fue recuperando y así estuvo un par de meses. En la misma semana que le arreglaron el diente, porque en uno de los golpes perdió un canino, el ministro se acercó y le dio en un sobre el pasaporte y todo lo necesario para llegar a Portugal. Mientras hacía la maleta, Ana echó discreta la pulsera de platino y se sintió liberada.

Era un día soleado, frío, pero soleado. Y al bajar con el bolso en la mano se encuentra al ministro del pin de cisne y este después de saludarle le ofrece, si lo necesita, llevarle a la estación y realmente agradecido Adrián declina la oferta. Su coche se dirigió al parlamento y el de nuestro chico al apeadero. Con los equipajes en su vagón Adrián se despide del chófer y en tren, sale de España.


Febrero de 2022 en Huelva capital



© Miguel Ángel Hiniesta Sánchez 2022

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