Isabel, la mujer del pescador (Cuento)

Imagen: A fisherman and his wife on the beach, sunset by Michael Peter Ancher (1919). Extraido de Wikimedia Commons.



 A mi abuelo Fernando Sánchez, que de otras tantas formas
contó este viejo cuento de los Grimm, otras tantas veces. 

1


—Bueno sería, que te acercaras a la playa a buscar algún pescaito. Hoy toca guiso y casi que no me queda un puñado de arroz.

El hombre, como dijo su mujer, se acercó a la playa lanzó su sedal y esperó. Y según se pasó la mañana vio que se quedaba sin cebo y no había enganchado con su anzuelo la boca de ningún pescado. Antes de irse lanzó por última vez el gancho sin carnada ninguna. Entonces sintió un tirón y desde el fondo una queja, no dejó de bregar y en la misma orilla vio la pieza que había cazado. Una anguilla blanca, con escamas plateadas que entre sus brillos irisados encontraban la luz del nácar, las perlas o el rojo del coral.

Cuando se acercó vio el terror de la criatura enganchada por la boca que le habló:

—Pescador, te pido que no me mates, hay cosas tantas que el hombre no conoce y en nombre de todas suplico compasión.

Aquel hombre paciente que siempre trató de ser justo, arrancó el puño de su vieja camisa y sin decir nada sacó el hierro y con enorme compasión limpió su herida. El pescadito agradecido volvió al fondo del agua no sin antes devolverle la mirada compasiva y compañera.


2


Llegó a su cabaña silencioso y con el copo vacío y su mujer le preguntó lo que había pasado, se puso a remendar su mandil y le dijo:

—No te puedo echar en cara lo que has hecho, porque yo quiero creer que hubiera hecho lo mismo, pero fíjate en esta casa hecha de junco y de madera, no quiero pensar en un viento fuerte ni recordarte lo que es vivir sin saber lo que vas a comer el siguiente día.

Se acercó a la playa que seguía tan brillante como el sencillo sol que casi nace con la tarde y se sentó frente al mar a esperar. Al rato de que sus ojos perdidos desistieran la búsqueda, el reflejo de las platas que vestían la anguilla se acercó a él.

—Dime que te ocurre pescador, tú has sido bueno conmigo, si algún dolor abriga en tu corazón ten por seguro que puedo sanarlo.

—¡Ay! Pescadito, mi Isabel que nada más desea que una casa más grande y una olla más llena.

—No tengas vergüenza que cuanto busca verás cumplido una vez que tu vuelvas.


3


Cuando el pescador llegó a su casa no había mimbre que formaran celosías ni viejas tablas que dejaran pasar con el frío el viento. Un hermoso ladrillo rojo seguía a otro y el tosco vidrio del honrado artesano cobijaba al mueble labrado que guardaba en su interior quesos redondos como ruedas de carro, saquitos anudados de arroz o mermeladas cubiertas con telas.

—Isabel, te conozco hace tanto y sin embargo te veo tan guapa, me recuerdas con ese mandil blanco las flores del día que nos conocimos.

Pero Isabel que le había devuelto tan bondadosa la mirada cuando dormía en sus nuevas sábanas de hilo pensó:

—Me alegro enormemente de lo que se me ha dado, pero por mucha carne que tenga en la despensa, a gruesos que sean estos muros o bordado mi delantal, nunca seré más que una campesina a la que nunca mirarán poco más que por encima del hombro. Así que resolvió que esto se lo diría a su marido.


4


Isabel esperaba en su sólida silla la vuelta del pescador que a esas alturas ya estaba en la luminosa playa que no obstante brillaba como por un cristal ensombrecido.

—¡Anguilla, si tuvieras la consideración de atenderme!

Entonces los ojitos húmedos del animal se alzaron hacia el pescador.

—Sé que nada me debes, pero mi mujer después de pensarlo ha decidido que quisiera ser como uno de esos ricos que viven en palacios.

—No tengas reparo, pescador, en solicitar lo que su corazón desea. Te avisé que existen fuerzas inimaginables y con ellas te invito a volver a casa.


5


Efectivamente al volver la casa era un palacio con un sobrio frontón de piedra extensísimo en sus dos alas cubiertas por techados de plomo. Los criados en chaqué y las criadas de uniforme le atendieron de forma amabilísima para que se encontrara a su mujer rodeada de gente culta y elegante que comentaba alegre la colección de arte de los primitivos flamencos que pendía de la escalinata.

—Buenas caballeros, disculpadme un momento, para que os robe a mi esposa.

Isabel se giró y miró con una ligera sonrisa y una mayor alegría contenida a su marido, el pescador, esperando que le dijera algo:

—Cariño siempre has sido bonita, pero con este vestido de seda fina y los remates de las alhajas de tus muñecas y tu cuello he recordado cosas que, aunque en mí persisten creí atrás.

Isabel hizo el ademán de responderle a su marido, pero le interrumpieron con un comentario de Van der Weyden.


6


Al día siguiente se levantó muy temprano y esperó mirando a través de los ventanales mientras la servidumbre giraba el molinillo a que su marido se levantara:

—Hoy creo haber sido feliz, siempre he sido pobre e ignorante pero hoy he sentido el respeto de todas estas personas y la seguridad de quien me tienda las sábanas. Sé que el mundo no acaba en nuestro jardín y que el mundo oscuro ansía como nosotros los hemos ansiado esta felicidad y todos estos bienes. Siento una profunda vergüenza en pedírtelo, pero mis deseos no terminan aquí.

Así que el pescador con su gorra en las manos se acercó a la fría playa que se notaba como desvaída por la tristeza sutil del sol.

—No pese en tu corazón lo que buscas, amigo. No veo egoísmo en tus palabras, te dije que fueras sincero, desde tu sinceridad absoluta nada te de miedo.


7


Entonces al finalizar el camino de gravilla vio que ni frontón ni austeras alas ocupaban el espacio de su ya tan lejana choza. Una fortaleza donde mil chambelanes se erguían arco y saeta en mano en defensa del reino que desde la vetusta torre con orbe y cetro la reina Isabel regía.

—¡Ay querida! Siete tramos de escaleras he cruzado para verte, siete solo de escaleras, si contara los pasillos y aldabas contarían más que descruzadas alabardas.

Isabel gesticuló a un consejero y le dijo que se fuera y habló a su marido:

—¡Ay pescador! Eran más claros los muros del palacio o más cálidos los ladrillos de la casa, pero he de reconocer que bajo estas pesadas bóvedas que reyes construyeron o junto a los ejércitos que desde nuestro patio nos defienden que me siento más segura. Con todo nada más me gustaría que te sentaras conmigo junto a mi escaño.


8


La noche era tan oscura y tiznada que mediante el espeso calor que el aire contenía en sí los martillazos a los cuños que dejaban la efigie de Isabel marcada sobre el oro de sus ducados cruzaban los espacios hasta los oídos del pescador y su mujer. Todavía con los ojos pegados se incorporó sentándose al borde de su cama y habló al marido:

—Mis consejeros, pescador, en los que confío, me dicen, y son gente culta, que un reino como este nada puede aguantar rodeado de imperios. No son nada mil ni dos mil infantes, ni tres mil ni cuatro mil caballeros ni tampoco cinco o seis mil generales si todo cuanto existe codicia enormemente las riquezas que golpean hasta la extenuación los cospeles de mis sótanos…

De esta forma con la densidad del aire que agota al cuerpo iba el marido recorriendo penoso el camino hasta que se sentó en la orilla que recalentada empapaba sus pies.

—¡Anguilla, Anguilla! Si es que aún por mí no sientes vergüenza ¿Te atreverías a oírme?

Y la anguilla plateada como el nácar o colorida como la perla que hace juegos de luz con el coral se acercó cuanto pudo al hombre.

—Desconoces tanto… desconoces cuanto conoces y cuanto tú mismo corazón desea, ve, y no tengas reparo en acercarte a Isabel.


9


Por eso entró decidido sosteniendo el miedo en su interior colocando la palma en su estómago procurando a su querida Isabel. Pero tuvo que esperar a la gran muchedumbre que abandonaba el alcázar donde la Emperatriz había arengado a las tropas que partían hacia el norte para reclamar el ámbar que por derecho le pertenecía y a las mujeres que mediante esa guerra subsistían compensadas con los táleros de plata que los administrativos adjudicaban sustituyendo el sueldo que no les llegaba.

Descansando en su trono finamente dorado, con incrustaciones de madreperla. Esperó la aprobación de su marido:

—Isabel, cariño, nos casamos muy jóvenes, por entonces hicimos como nuestros padres y abuelos y lo primero que procuramos fue un arcón donde guardar higos para el invierno. Recuerdo que en nuestra boda usaste unas prendas que nos prestó mi tía Bella y que el colgante lo hizo con una rama de limonero tu padre. Tu para mí siempre has sido igual de bonita. Sé que a ti nada de esas cosas te pesaron…

La emperatriz agarró su pañuelo brocado y retiró con cuidado la humedad de sus ojeras, se calló un par de minutos mirando hacia un lado y agarrando las perlas enfiladas de su pecho se levantó con los ojos bajos y al subirlos al marido despegó la boca fruncida y temblorosa.

—Pescador ¿Cómo puede atrofiarse el espíritu de tal manera? ¿Cómo un pescador puede desafiar a una emperatriz con una palabra? Hablando de nuestro cajón de higos has hecho que se levante quien de un manotazo arroja a los ejércitos o impone su dominio ante cualquiera. Sí, un cajón de higos, con las bisagras rumbrosas. El espíritu vence a la materia, siempre se impone sobre ella. Esta no es una buena forma de asegurar el futuro.


10


—Ayer rogabas por un pez, hoy tiras a la mar sucia perlas. No es necesario que hables, sé cuanto su corazón desea y cuanto más desea el tuyo. Suelta esos ricos ajuares que de hastío deshilachas. Ve con tu mujer que ya tiene en sus manos el reino terreno del espíritu.

No le dio tiempo a girarse frente al agrio viento que reboleaba los sucios espumarajos de la mar negra que el ajedrezado de mármol se extendió hacia el interior de un dorado convento de columnas y pilastras de mármol blanco veteado que custodiaban entre plegarias y velas sendos serafines de delicadísimos bucles tallados.

Y tras hacer cola entre los que besaban las gemas de la mano de su esposa consiguió mirar sin intermediarios su rostro perdido en una doliente altivez:

—Por primera vez veo esto, y nunca imaginé que ocurriera, mi Isabel es Papa.

—Sí, y dispongo de cuanto piensan y sienten los que se han sometido a la fe de Cristo. Pero ni esta cátedra ni esta mitra pueden designar en lo más mínimo o en lo más genuino de los corazones. Por eso sé que esto es mentira, por eso sé que me agravia y sé que irás ahora mismo a arrodillarte y a implorar si es necesario a la anguilla para que me traiga lo que yo le pida. ¡Que quiero ser Dios!

Y estas palabras resonaron en las opulentas crucerías del templo. El pescador salió aprisa de allí tropezando con las piedras, rasgando su camisa con las retamas, casi cegado por el viento vomitivo que llegaba de la mar podrida. Mientras el aire arrancaba el agua de los ojos del pescador el pez surgió lentamente con un brillo de nácares y corales voluptuosos que amansaron el vendaval de aquella playa.

—Mi Isabel, Anguilla… Mi Isabel, mi Isabel desea… Ella quiere, sí, ella quiere ser Dios.

Y esto lo decía el pescador temblando con los ojos enrojecidos lleno de arañazos y cortes, más cercano de disponerse a morir que a seguir viviendo.

—¡Ay mi pescador! ¿Por qué lloras o tienes miedo? No abrigues temores en tu corazón. Mediante ti Isabel obtendrá lo que su corazón alumbra.

11


Después de caer al suelo, el pescador sintió el aire mucho más respirable y menos pesado, su camisa estaba rasgada pero no se vio sangre ni cortes. Era verano entorno a las doce y el cielo claro le condujo hasta su pequeña choza de mimbre y tabla donde la mujer se sentaba rodeada por la claridad del sol tibio que iluminaba su labor y su rostro. Isabel levantó despacio la mirada a su marido y sencillamente sonrió.



Domingo 30 de julio de 2023
en Isla Cristina, Huelva. 



© Miguel Ángel Hiniesta Sánchez 2023

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