II CONCURSO NACIONAL DE MICRORRELATOS Y POESÍAS DEL CENTRO DE PARTICIPACIÓN ACTIVA PARA PERSONAS MAYORES DE ISLA CRISTINA (REPOSITORIO)
Exponemos los premiados por el II CONCURSO NACIONAL DE MICRORRELATOS Y POESÍAS DEL CENTRO DE PARTICIPACIÓN ACTIVA PARA PERSONAS MAYORES DE ISLA CRISTINA promovido por Manuel Jesús Rodríguez Villegas.
En la categoría de microrrelato
Ganador: María del Rosario Gómez Fernández por Hueso contra hueso.
Primer finalista: Samuel del Amor Macías por Tabarca.
En la categoría de poesía
Ganador: Juan de Molina por Cualquier tiempo pasado...
Primer finalista: Jesús Jiménez Reinaldo por No derramaré más lágrimas.
Jurado compuesto por Manuel Jesús Rodríguez Villegas, Miguel Ángel Hiniesta Sánchez y Ana Ríos Serrano.
La entrega de premios se realizó en las Instalaciones del CIT Garum de Isla Cristina.
A continuación se adjuntan los textos y las bases del concurso.
HUESO CONTRA HUESO
Con ese crujido de rodilla noté que algo barruntaba a mi alrededor. Ese
chasquido no audible, inarmónico; esas burbujas que estallaban dentro de mi
articulación, podrían pronosticar artrosis o un cambio en la humedad del
ambiente. Podría augurar que ya era mayor. Pero no. En mi caso esa fricción
de hueso contra hueso presagiaba la mejor versión de Kramer contra Kramer
que hubiera imaginado.
En esos eternos anuncios publicitarios de la película del canal público
que estábamos viendo y con un tímido balbuceo, como el zumbido de un
enjambre de insectos, casi insonoro, pero aclaratorio y lapidario, me dijo:
“Quiero que leas una nota que te he escrito y que me digas tu opinión sincera”.
Pasados unos minutos y analizado su escrito, con toda la calma de la
que fui capaz, le respondí: “Ya lo he leído, Ramón. En el análisis del texto que
me has facilitado he prescindido del esquema y contexto y he ido directamente
al grano: El léxico que utilizas es demasiado coloquial y estándar. Se trata de
un texto simple, el tono es seco, con una pizca de indiferencia. En cuanto a
contenido, queda clarísimo que quieres el divorcio. Con una dulzura algo
trabajada comentas que te deje el uso y disfrute de nuestro piso, porque como
tú no trabajas hace ya cuarenta años y yo soy profesora de literatura, jubilada,
tú serías la parte más perjudicada con la separación, por eso, con el piso y con
la disolución de gananciales, te conformas.
Como prueba de mi profesionalidad, te regalo el comentario ortográfico:
te diré que ti no se acentúa, que hay un dequeísmo por ahí de lo más cateto y
que te faltaron ocho tildes, dos interrogaciones, un punto y coma y un millón de
agradecimientos por haberte aguantado cuarenta cumpleaños.
TABARCA
Hoy es el primer aniversario de tu muerte… Un largo año sin ti.
Cocino para nosotros todos los días de la semana. Y los domingos, preparo tu guiso favorito: lentejas con alcachofas y jamón, ¡qué limpio dejas el plato, Antoñito!
En el mercado ya nadie se extraña de mis abultadas compras. Lo resuelven llamándome loca, pero no me importa. Estos que me tachan de demente no han conocido los secretos del amor, no disfrutan de la vida en la que nosotros retozamos. Con más de setenta años, paseábamos aún cogidos de la mano, en ensamble divino; nos despedíamos con un besito en los labios, y un «te quiero» caligrafiado en fresca sinceridad.
Todavía nos sobraba pasión en la cama: juego sin guía ni instrucciones; y la casilla de llegada, el alféizar de nuestros cuerpos: colchoncitos arrugados de paspartú, tumba de nuestras confesiones y pillerías. Y se atreven a llamarme loca.
Intercambiamos nuestra inmortalidad en contrato de silencio y abnegación, chapoteando en yacimiento infinito de inocencia. La corteza de mi piel se desvanecía al roce de tu mirada, y la profundidad de mi alma sacudía tus retinas en lágrimas de miel… ¡Y se atreven a llamarme loca!
Qué existencias tan cicateras arrastran la mayoría de seres humanos, faltos de alegría y esperanza, espectros desconfiados agotando el tesoro del tiempo: filón dorado entregado al nacer y malgastado por los miserables, conscientes de su error antes del último suspiro.
Me he hartado de la envidia y estupidez apostadas en extramuros, acechando a la fidelidad con lenguas untadas de cicuta.
Voy a tu encuentro. Quiero que hoy sea también mi aniversario. No me queda nada más que hacer por aquí.
Te veo en un rato, y me llevo los folletos de Zanzíbar y Madagascar, islas que aún nos quedan por descubrir.
CUALQUIER TIEMPO PASADO…
Se han secado las ipomeas.
Tanto trabajo, para nada.
Ya ves, agostadas.
Sequedad de sequedades, ¿lo recuerdas?
Quilapayún.
Eran otros tiempos.
Tiempos de retos y esperanzas.
El mundo era tan nuevo
que cualquier cambio parecía posible.
Aún creíamos en la utopía:
el general en su declive
y las rosas en su esplendor,
la luz al final del túnel
como un fuego prometeico,
como un beso sin límites
en la alta noche.
Notábamos la libertad
a la vuelta de la esquina,
percibíamos, ¿o, quizá, soñábamos?,
un futuro sin aristas,
cercano y tangible,
pacífico y sereno,
como el vuelo pausado,
acrobático y bello,
de los estorninos del estío.
Y, ahora, ya ves,
se agostaron las ipomeas,
y no está nada claro
qué nos está aguardando
detrás de las esquinas.
NO DERRAMARÉ MÁS LÁGRIMAS
No derramaré más lágrimas, me digo al asomarme al mar,
para no contaminar el paisaje con mis sentimientos;
venir desde tan lejos para no ver las líneas de la bahía, el
perfil de la costa bajo las estrellas, las viejas murallas
donde vivimos nuestra historia de amor, sólo podría ser el
comportamiento de un pobre idiota.
No quiero llorar, mas es inevitable tu memoria,
aquellos días de plenitud en el hotel del puerto, tu
mirada enamorada sobre la ciudad blanca contando
y recontando el perfil de las siete colinas, ascensos
y descensos de la playa a nuestro tálamo:
tú traías arena en los bolsillos, yo te daba pastelillos
mezclados con la miel de los sueños. Para nosotros fue un
tiempo caótico de números y sumas, donde el amor
facturaba por conceptos recién inventariados, nada más que
tú y yo bañados por la brisa del mar.
Volver solo ahora debe de ser cosa de locos,
cualquiera hubiera sabido que sangraría la herida,
no importa cuánto dolor y olvido pasen porque es
imposible que la llaga se cierre; y ha sido regresar
al tercer piso de este hotel, tirar el bastón sobre la
cama de matrimonio, y precipitarme a la ventana,
como buscándote, para romper a llorar sangre al
sentirme tan solo, tantos años tan sin nadie,
malviviendo sin ti.
No te gustaría mi llanto si vivieras: me
azuzarías a cambiarme de ropa y a
disfrutar del sol mirando a la piscina;
me pedirías un Martini sólo para
robarme algunos sorbos cuando
cerrase los ojos, y después me
besarías los labios con la amargura
dulce de la travesura.
Era para mi risa para lo que vivías.
¿Cómo podrías ahora mirarme a los ojos y amarme
con esta seriedad mojada que me anega?
Es amarga la vida, es amargo el recuerdo,
es amargo el sabor de las lágrimas
cuando falta tu risa y faltan tus besos en
este camino gris de la nostalgia.
Pero no he venido a llorar, me digo en voz alta, tú
no me lo consentirías ni siquiera un minuto.
Este corazón triste oculta una historia de amor que
sólo a mí me compete mimar como un amante fiel. Así
que beso tu retrato, lo deposito en la mesilla de noche
y ante tus ojos luminosos me dispongo a contar y
recontar, una vez más, el perfil brillante de las siete
colinas de nuestra historia.
Descargar las bases de la segunda edición:

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